La educación artística.

Es necesario revisar la manera en la que se imparte, sus contenidos, sus conexiones con el mundo tecnológicamente activo y eminentemente visual que nos rodea y otorgarle la creciente importancia que está adquiriendo. Un mundo visual requiere de un entrenamiento para poder leer sus imágenes. Las múltiples imágenes que vemos a diario y que ejercen un tremendo poder sobre nuestras mentes y en consecuencia sobre nuestros comportamientos. El arte es comunicativo, pero para que exista comunicación es necesario conocer los códigos, y estos códigos, este lenguaje, tiene que ser enseñado en la escuela.
La educación artística es la asignatura desde la que se puede ayudar a los alumnos a valorar y desarrollar lo que les hace distintos, únicos tanto a ellos mismos como a sus obras, contribuye a la construcción de la propia identidad. Esta asignatura no busca una sola respuesta, ya que en la diversidad de respuestas está el fin; valorar la visión personal. Y esa visión personal surgirá de la búsqueda, del análisis, de las conexiones que establecemos en nuestro interior, de los pequeños descubrimientos, de la toma de decisiones, de nuestra capacidad de riesgo, de la variedad y de la flexibilidad. Para todo esto tenemos que entrenarnos. Lo que nos conducirá hacia un pensamiento crítico, activo.

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sábado, 31 de mayo de 2014

Dibujamos, El Negro de París. Osvaldo Soriano.

El Negro es un gato tranquilo, distante, tosco a veces, sin ser grosero. Mi papá y yo fuimos a buscarlo una tarde a la Sociedad Protectora de Animales de París. Habíamos llegado tiempo atrás a Francia, y yo me sentía muy solo, sin entender por qué habíamos dejado Buenos Aires con tanto apuro. Mi papá y mi mamá me explicaron muchas veces que corríamos peligro mientras los militares gobernaran en el país y que sería mejor que yo creciera y fuera a una escuela en un lugar donde me enseñarían a vivir en libertad. Cuando nos fuimos de Buenos Aires no tuvimos tiempo de llevarnos nuestras cosas; yo tuve que dejar un triciclo y un largo tren eléctrico que hacía marchar entre montañas, bosques y ríos que cabían sobre la mesa del comedor. Pero lo que más me dolió fue dejar a Pulqui, que dormía conmigo hecha una bolita tibia, acurrucada entre mis piernas, hasta que me despertaba a la mañana, siempre a la misma hora, para ir al colegio. Cuando llegó el momento de ir a tomar el avión, mi tío Casimiro vino a buscarla y me dijo que no estuviera triste, que él la cuidaría y cuando volviéramos iría con ella a buscarnos al aeropuerto. Me lo prometió, esperó que la acariciara un rato y después la metimos en una canasta de mimbre. La oí maullar mientras mi mamá me abrazaba y me apretaba muy fuerte y me decía que pronto volvería a verla. Llegamos a Francia y tuve que hacer nuevos amigos que hablaban un idioma cantarín y engolado que al principio no entendía. Todo era nuevo para mí: el idioma, pero también la nieve, las calles que terminaban enseguida y si uno doblaba una esquina, se perdía, porque en París es imposible dar la vuelta a la manzana. Les muestro el plano de mi barrio y díganme ustedes cómo harían para ubicarse en este enjambre de callecitas. ¡Lindo lío! No sé cómo se las arreglará el cartero para ir y venir por ese jeroglífico, pero de vez en cuando traía una carta de mi tío Casimiro para papá y mamá y una foto de Pulqui para mí.
 


Pero la foto no me bastaba. Yo quería acariciarla y jugar con ella, y tanto la extrañaba que un día mi papá me propuso que le buscáramos un amigo. Un lindo gato que pudiera recorrer las calles de París sin perderse y que alguna vez llevaríamos con nosotros a la Argentina para que se reuniera con Pulqui y le contara cómo es esta ciudad vista desde los techos.Entonces una tarde fuimos en ómnibus a la Sociedad Protectora de Animales y encontramos al Negro.Había muchos gatos y perros y gente que los miraba y hablaba. Daban lástima, ahí encerrados esperando que alguien viniera a buscarlos. Yo hubiera querido llevármelos a todos, perros y gatos, pero tenía razón mi mamá cuando me dijo que no había lugar en casa para todo el mundo. Nuestro departamento era muy chiquito y hubiera sido un lío tenerlos a todos sobre la cama, sobre el ropero, en la bañadera y hasta en los cajones de los armarios.Así que estuvimos mirando hasta que vi al Negro. Estaba sobre un tronco largo que atravesaba la jaula, echado,con la mirada distante como si soñara. No bien lo vi con esos ojos redondos como cacerolas y esos bigotes largos como cañas de pescar, me pareció que lo conocía de toda la vida. Me dije que a Pulqui le gustaría que le lleváramos un amigo así. Lo llamé a través del alambre, mish, mish, mish, mishmish, y tardó un rato en mover la cabeza y mirarme como diciendo: “Callate, no hagas el ridículo ¿querés?” De modo que cerré la boca, sonreí, lo señalé con el dedo y le dije a mi papá:-Ese todo negro, llevemos ese que tiene cara de zonzo.Lo traté de zonzo a propósito, como para que viera que no me iba a impresionar con su mirada de arrogancia.Yo los conozco muy bien a los gatos, que como se saben gráciles y hermosos quieren impresionar a la gente con la indiferencia y la coquetería. En el fondo son unos tímidos holgazanes que no saben vivir solos como los leones, o los elefantes, o los pájaros. Nos lo entregaron en una caja de cartón a la que sólo le faltaba el moño. Como los franceses son muy prolijos,nos dieron su cédula de identidad en la que figuraba su nombre que ya no recuerdo y que él no respondía. También su certificado de vacuna y un papelito que decía que lo habían encontrado perdido en la calle y que tenía seis meses de edad. Mientras íbamos en el taxi hice la cuenta: estábamos en junio, y si el Negro –yo ya lo llamaba así- tenía seis meses quería decir que había nacido, como yo, en enero. Decidí, entonces, que cumpliéramos años el mismo día.De esa manera, cuando mis papás me hicieran la fiesta de cumpleaños yo tendría que invitarlo a soplar conmigo las velas de la torta y hacerle un regalo como para un gato.En poco tiempo de juegos y miradas que valían más que palabras, me di cuenta de que el Negro tenía un carácter calmo, distante, rudo cuando se lo molestaba, aunque nunca llegó a ser grosero. Cuando venían visitas, por ejemplo, echaba una mirada a la gente y si advertía que iban a hablar de cosas aburridas me miraba y con los ojos me decía: “Vámos nos a otra pieza, que estos son unos plomos”. Y nos íbamos a jugar o a charlar a otro lado.Yo no hablaba con él como hacían los otros chicos, o como mi papá y mi mamá. Nos bastaban gestos, guiños,miradas, movimientos de la cabeza. A veces agregábamos una palabra o un maullido para subrayar, pero en general no hacía falta. Los gatos tienen un lenguaje que no comprenden quienes no aceptan el misterio.A medida que pasaron los años fuimos aprendiéndonos mejor.

El Negro salía por las noche y a veces volvía débil y mal entrazado. Traía los bigotes desaliñados y algunos rasguños que le quedaban de una pelea, tenía amores temporarios y tormentosos que a veces lo ponían de malhumor, pero cuando pasaba el tiempo de celo volvía a ser amable y cariñoso y se quedaba a dormir en mi cama,apretado a mí, como antes solía hacerlo Pulqui. Estaba impaciente por conocerla, y hasta un poco celoso te saber que no era el único gato que contaba en mi vida.Entretanto yo había aprendido a hablar y escribir en francés y tenía buenas notas en la escuela. Lentamente, sin darme cuenta casi, Buenos Aires empezó a ser para mí una curiosidad que mis padres nombraban con pasión y aveces con miedo. Mis amigos del colegio no sabían nada de la ciudad en la que yo había nacido. Desconocían el mate, las pastillas de menta, los clásicos entre Boca y River, la factura, la planta de ruda, el dulce de leche, el guardapolvo blanco de la escuela, la campaña de San Martín y las tortas fritas.También yo empezaba a olvidarme de aquel mundo lejano. Pulqui era un recuerdo lejano plasmado en una foto y empezaba a darme cuenta de que quizá podía vivir sin ella y ella sin mí.Por supuesto que me encantaba la idea de poder volver a verla y jugar con ella. De presentarle al Negro e imaginar que saldrían juntos a retozar por los patios, las veredas y los techos. Cuando a fines del 1983 los argentinos restauraron la democracia, mi papá y mi mamá hablaban todos los días de volver a Buenos Aires. Decían que había que regresar para hacer un lindo país, una nación donde yo, que estaba terminando la escuela, pudiera vivir en libertad, con justicia y sin miedo. Para que nunca tuviera que irme como ellos.
Por las noches, mi papá desplegaba un gran mapa de la Argentina sobre la mesa y me contaba cosas que yo no había aprendido en el colegio francés. Recorría con su gran dedo índice ese triángulo que se terminaba en la Antártida y me contaba de las provincias cálidas de la mesopotamia, de Cuyo y de la Patagonia fría y rica. Merelataba las batallas de la Independencia, me hablaba de la Primera Junta, de Moreno, de Belgrano, de San Martín,de Rosas, de Sarmiento, de Irigoyen y de Perón. Empezó a darme algunos libritos que al principio me aburrían, pero como él me explicaba con infinita paciencia y a veces hasta me hacía reír, fui leyéndolos y aprendí desde muy lejos a conocer el país en que había nacido. No había en la Argentina dragones, ni elefantes no leones de gran melena; pero había tigres de los llanos, peludos gorilas, salvajes unitarios, caciques y hombres de a caballo.Poco a poco, mi papá me fue contando una historia larga de desalientos y de utopías y me decía que yo debía heredar, sobre todo la esperanza. Mientras mi papá me hablaba, el Negro nos miraba como si la conversación le interesara. De vez en cuando le acariciábamos la cabeza o le rascábamos el cogote, bajo la trompa, y podíamos oírlo ronronear. Poco a poco empecé a soñar con ese país misterioso y mío que mi papá y mi mamá me hacían revivir todas las noches. No era tan extraño y ajeno como el de Sandokán, ni tan fantástico como el de Tarzán, ni había en él islas con tesoros escondidos. Pero era el mío y ahora podíamos volver y mi curiosidad se había despertado. A veces, antes de dormir, pensaba en cordilleras nevadas, tierras rojas, llanuras interminables y guardapolvos blancos. Una de esas noches, el Negro se echó a mi lado, juntó las patitas delanteras bajo la trompa, tiró los bigotes hacia atrás y me dijo con un abrir y cerrar de ojos que había una manera de mirar sobre el mar y ver mi país y así palpitarlo antes de volver definitivamente. Me sorprendí, sabedor de las bromas que el gato pícaro solía hacerme a esas horas. “No –me insistió-, no bromeo. Puedo mostrarte el mundo entero si te animas a subir conmigo alto, muy alto.”Y así emprendí la gran aventura de mi vida. Una aventura que ahora me animo a contar y que todavía me parece haber soñado, porque todavía siento mi respiración agitada, mi corazón que salta de emoción y mis ojos que se abren, enormes, para ver del otro lado del mar.


El Negro, entretanto, se paseaba por el mostrador, la pelambre toda inflada, sin perder de vista a sus adversarios. De vez en cuando, para fingir que el asunto no merecía toda su atención, levantaba una pata y le daba un par de lamidas como si fuera un helado. Yo estaba bastante julepeado, tengo que confesarlo, y si hubiera podido salir corriendo a buscar a mi papá para que nos diera una mano. Por fin uno de los perros cargó como si estuviera en la caballería. Era un cuzquito de nada. Saltó, más por hacer  pinta que por morder, y recibió un zarpazo debajo del morro que lo hizo volver gritando a la retaguardia. Hubo un estupor en la concurrencia. Yo pegué un grito.-¡Vamos, Negro, nomás! –Y el gato me miró de reojo como diciendo “No me hablé al tiro, compañero”.La gente empezó a hacer comentarios desagradables para el chico extranjero que había venido a arruinarles el aperitivo. Que “que tiene que hacer un pibe a estas horas en la calle”, y todas esas cosas. El Negro, bastante agrandado, saltó a una mesa vacía, olió el salero al pasar, como si de pronto se hubiera olvidado de los perros y luego volvió a inflarse. Un petiso bigotudo, con una boina metida hasta las orejas, dijo que ya era hora de terminar con el asunto y dio la orden a su doberman para que se lanzara al ataque. Yo trate de explicarle, desesperado, la diferencia de tamaño y de animal, pero no hubo caso. El petiso dio un grito y el perrazo salió como un cohete. Cuando saltó tenía la boca muy abierta y le corría la baba entre los colmillos. El Negro se echó para atrás, arqueado como un jugador de tenis, y le tiró un derechazo de arriba hacia abajo. El perro, que empezaba a elevarse en el salto, se quedó en la mitad de camino, ensartado por la nariz. Cayó sentado, un poco ridículo, y me dio lástima verlo tan incómodo. Otro con la trompa cuadrada, atropelló con un aullido largo y quiso subir a la mesa. El Negro se movió como un relámpago, bufó, se hizo a un lado, y sacó un zurdazo que dio justo en el morro del rival. El salero rodó y cayó sobre la cabeza de un perrito color canela que se había acercado para que no lo tomaran por flojo. Hubo desbande general. El Negro dio un salto para ir a otra mesa ubicada cerca de la pared, pero el patrón del bar, hombre sin escrúpulos, se la apartó de un tirón. El pobre Negro cayó al suelo como una pera madura y vio que el asunto se le ponía feo. El doberman no se hizo esperar y le tiró un tarascón que le arrancó un mechón de pelos del lomo. Para esquivarlo el Negro hizo una gambeta y derrapó como una moto. Desesperado me precipité hacia la puerta y la abrí de un tirón. El Negro amagó arrancar para el otro lado, hizo una finta y picó para la salida.
No sé quién ganó la calle primero, si él o yo, pero los perros nos seguían pisándonos los talones y la gente del bar se asomó para ver la cacería. Corrimos cono avestruces hasta que vimos un paredón que debía tener dos metros de alto. El Negro, que corría delante, dio vuelta la cabeza para avisarme que había que hacerlo o estábamos perdidos. Así que saltamos juntos, a la desesperada, con el malón husmeándonos los tobillos. Fue como si de pronto fuéramos dos los gatos y un solo miedo. Llegamos al borde del paredón y estuvimos haciendo equilibrio un rato, resoplando, mientras el viento frío nos acariciaba los pelos; porque yo era un gato de albañal, como el Negro, y me sentía allí arriba como por encima del mundo. A salvo. Nos miramos y sonreímos. Me di cuenta, mientras caía la noche, que desde entonces los techos no tendrían secretos para mí. Ya podía hacerlo. Ya podía subir hasta las nubes y ver la Argentina a través del mar. Esa noche dormí profundamente, y al día siguiente, en el colegio, permanecí callado y sonriente cuando mis amigos contaban durante el recreo sus pequeñas aventuras de fin de semana. Esperaba impaciente un sábado que sería inolvidable. Y por fin, el día llegó. Hacía frío y nevaba, lo que me hizo temer que no pudiéramos salir de casa. El Negro estuvo todo el día dormitando, serio, al lado de la estufa. Mi papá y mi mamá dijeron que irían al cine. Yo no quería ocultarles nada, pero el Negro me dijo que le contara más tarde, para no alarmarlos. En París, el invierno es muy riguroso y a las cuatro de la tarde ya está oscuro. El frío y la nieve habían vaciado las calles, así que salimos por la ventana de mi habitación y caminamos hacia una chimenea desde donde podíamos ver las luces de mi vecindario. El calor del humo derretía la nieve y un hilo de agua corría por la canaleta hacia el desaguadero. Para mí era un mundo fascinante y desconocido: el reino de las alturas. El Negro, con aire siempre distraído, goteaba el horizonte gris balanceando los bigotes y las delgadas antenas de la frente. De vez en cuando la brisa depositaba sobre las tejas nevadas una hoja seca o una pluma de paloma azul. Miré los contornos de los edificios y las pesadas sombras de la tormenta. Me pregunté cómo sería posible ver, en una noche así, más allá delo que podían percibir mis pobres ojos de expedicionario del tejado.-¿Ahora vamos? –pregunté mientras me apretaba contra la chimenea y cerraba mi campera hasta el cuello.“No tengas miedo –contestó el Negro con una mirada que brillaba como dos diamantes-. Vamos a pasear un rato. Vení, seguime”...



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