La educación artística.

Es necesario revisar la manera en la que se imparte, sus contenidos, sus conexiones con el mundo tecnológicamente activo y eminentemente visual que nos rodea y otorgarle la creciente importancia que está adquiriendo. Un mundo visual requiere de un entrenamiento para poder leer sus imágenes. Las múltiples imágenes que vemos a diario y que ejercen un tremendo poder sobre nuestras mentes y en consecuencia sobre nuestros comportamientos. El arte es comunicativo, pero para que exista comunicación es necesario conocer los códigos, y estos códigos, este lenguaje, tiene que ser enseñado en la escuela.
La educación artística es la asignatura desde la que se puede ayudar a los alumnos a valorar y desarrollar lo que les hace distintos, únicos tanto a ellos mismos como a sus obras, contribuye a la construcción de la propia identidad. Esta asignatura no busca una sola respuesta, ya que en la diversidad de respuestas está el fin; valorar la visión personal. Y esa visión personal surgirá de la búsqueda, del análisis, de las conexiones que establecemos en nuestro interior, de los pequeños descubrimientos, de la toma de decisiones, de nuestra capacidad de riesgo, de la variedad y de la flexibilidad. Para todo esto tenemos que entrenarnos. Lo que nos conducirá hacia un pensamiento crítico, activo.

.

.

sábado, 19 de julio de 2014

El Negro Fontanarrosa (1946-2007)


Roberto Fontanarrosa comenzó a ser considerado ya un joven dibujante con identidad propia sobre finales de la década del 60, cuando trabajaba como ilustrador en una de las agencias publicitarias más importantes de Rosario, a lo que agregaría, poco después, su formidable capacidad para el humor gráfico, en su paso por la revista rosarina “Boom” –una experiencia inusual en el periodismo local y regional entre 1968 y 1971- y sobre todo en sus colaboraciones con “Hortensia”, la publicación cordobesa que albergara las iniciales andanzas de Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso, sus dos personajes emblemáticos junto al inefable perro Mendieta.
La fidelidad a su ciudad natal, en la que vivió de modo permanente; su pasión por el fútbol y en especial por Rosario Central; su ejercicio de la amistad y el bajo perfil, aun en su condición de figura pública respetada y admirada, fueron rasgos de un ser humano de gran sensibilidad, con un poder de captación de la cotidianeidad y la realidad del país y del lenguaje coloquial que manejó con maestría. El Negro tuvo, ya en sus años de lucha contra la enfermedad que lo llevaría a la muerte, una consagración más, esta vez a un nivel que superó las fronteras nacionales: su discurso de cierre del III Congreso Internacional de a Lengua Española, en 2004, con una defensa de las llamadas “malas palabras” que se recuerda tan jocosa como antológica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario