La educación artística.

Es necesario revisar la manera en la que se imparte, sus contenidos, sus conexiones con el mundo tecnológicamente activo y eminentemente visual que nos rodea y otorgarle la creciente importancia que está adquiriendo. Un mundo visual requiere de un entrenamiento para poder leer sus imágenes. Las múltiples imágenes que vemos a diario y que ejercen un tremendo poder sobre nuestras mentes y en consecuencia sobre nuestros comportamientos. El arte es comunicativo, pero para que exista comunicación es necesario conocer los códigos, y estos códigos, este lenguaje, tiene que ser enseñado en la escuela.
La educación artística es la asignatura desde la que se puede ayudar a los alumnos a valorar y desarrollar lo que les hace distintos, únicos tanto a ellos mismos como a sus obras, contribuye a la construcción de la propia identidad. Esta asignatura no busca una sola respuesta, ya que en la diversidad de respuestas está el fin; valorar la visión personal. Y esa visión personal surgirá de la búsqueda, del análisis, de las conexiones que establecemos en nuestro interior, de los pequeños descubrimientos, de la toma de decisiones, de nuestra capacidad de riesgo, de la variedad y de la flexibilidad. Para todo esto tenemos que entrenarnos. Lo que nos conducirá hacia un pensamiento crítico, activo.

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lunes, 23 de marzo de 2015

Con 4° grado leímos "A Antonio le gustan los Monstruos"



A Antonio le gustan los Monstros

Hola señora, ¿Antonio podrá salir a jugar a la pelota?, preguntó tímidamente el vecinito. Unos minutos después apareció Antonio con un prolijo atado de trapos que, aunque no se parecía a las lindas pelotas que hoy podemos comprar, era igual de bueno para divertirse e intentar hacer un gol.

El juego empezó en la calle tranquila. Raramente pasaba un coche por ese rincón de Rosario, solo algún que otro caballo tirando un carro y vendedores ambulantes tocando puertas con sus canastas a cuestas. Los amigos corrían sin preocuparse y pateaban con fuerza la pelota de trapo.

Para quien dude de que con telas viejas atadas se puede jugar al fútbol, le cuento que, cuando Antonio era un nene, él, sus amigos y la mayoría de los chicos no solo fabricaban pelotas sino que también inventaban juguetes con cacerolas viejas, maderas olvidadas y cualquier trasto en desuso. En el barrio, nada se desaprovechaba, y los chicos tenían tiempo: tiempo para inventar y jugar, tiempo para caminar y visitar vecinos. “Hola, ¿necesita ayuda en el negocio?, preguntó Antonio como cada día al salir de la escuela. El librero, como siempre, lo invitó a pasar. Sabía muy bien por qué Antonio venía seguido a visitarlo. Sacó su caja de lápices de puntas perfectas y varias hojas de papel blanquísimo. Los dos, contentos, se pusieron a dibujar. El librero pensaba que Antonio dibujaba muy bien. “Voy a decirle a su papá que lo lleve a estudiar pintura”.

Antonio tomó clases en Rosario; y ya no fue solo el librero quien pensó que Antonio dibujaba muy bien sino que también lo pensaron sus profesores y los vecinos de la ciudad, que vieron sus cuadros en una exposición. Y fue así como decidieron regalarle un viaje a Europa, donde se encontraban las mejores escuelas de arte. 


Cuando llegó a Europa, Antonio se dio rápidamente cuenta de que los artistas jóvenes no pintaban como él lo hacía en Rosario. Todos probaban cosas nuevas. Le gustó lo que hacía un grupo de artistas que pintaba sus sueños, donde, como ya sabés, nada parece tener sentido. Eran cuadros con paisajes solitarios y objetos imposibles. Entonces Antonio pintó llaves y alfileres de gancho gigantes que esperan delante de una puerta, tenedores y cuchillos que acechan en una terraza y muchos sueños más.
Poco después volvió a la Argentina y dejó de pintar sus sueños, porque lo que le impactó fue lo que vio despierto.

En esa época, como ahora, faltaba trabajo, la gente tenía hambre y salía a las calles a reclamar. “Eso es lo que quiero pintar”, decidió Antonio, y miró con atención la cara de quienes sufrían, para poder pintar toda su tristeza.

Justo justo llegó de visita un artista mexicano, cuya especialidad no era pintar cuadros, sino crear; bellas imágenes para los muros de la ciudad. David (así se llamaba) creía que para que toda la gente, pero toda toda, inclusive la que no entra a los museos, inclusive la que no fue a la escuela, pudiera disfrutar el trabajo de los artistas, este debía ser realizado en los muros de las calles o en las paredes de los edificios en los que entra todo el mundo.

A Antonio le pareció una buena idea y pintó algunos murales (o sea, pinturas enormes sobre paredes); pero, desencantado porque los muros para pintar no eran fáciles de conseguir, empezó a pintar cuadros de gran tamaño como si fueran murales, donde las personas aparecían más grandes que en la realidad y también aparecían enormes su dolor y su preocupación. Las pintó cansadas esperando que les dieran trabajo, las pintó en larga caravana reclamando la posibilidad de ganarse el pan.
 

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