La educación artística.

Es necesario revisar la manera en la que se imparte, sus contenidos, sus conexiones con el mundo tecnológicamente activo y eminentemente visual que nos rodea y otorgarle la creciente importancia que está adquiriendo. Un mundo visual requiere de un entrenamiento para poder leer sus imágenes. Las múltiples imágenes que vemos a diario y que ejercen un tremendo poder sobre nuestras mentes y en consecuencia sobre nuestros comportamientos. El arte es comunicativo, pero para que exista comunicación es necesario conocer los códigos, y estos códigos, este lenguaje, tiene que ser enseñado en la escuela.
La educación artística es la asignatura desde la que se puede ayudar a los alumnos a valorar y desarrollar lo que les hace distintos, únicos tanto a ellos mismos como a sus obras, contribuye a la construcción de la propia identidad. Esta asignatura no busca una sola respuesta, ya que en la diversidad de respuestas está el fin; valorar la visión personal. Y esa visión personal surgirá de la búsqueda, del análisis, de las conexiones que establecemos en nuestro interior, de los pequeños descubrimientos, de la toma de decisiones, de nuestra capacidad de riesgo, de la variedad y de la flexibilidad. Para todo esto tenemos que entrenarnos. Lo que nos conducirá hacia un pensamiento crítico, activo.

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sábado, 21 de marzo de 2015

Yo soy el Equinoccio de Otoño.

Yo soy el Equinoccio. El señor del equilibrio, el mago de la equidad. Nada más justo que un Equinoccio. Doce horas de luz, doce horas de tinieblas. Un perfecto día dividido justo por la mitad. Doce horas de luz para los caracoles, doce horas de oscuridad para las luciérnagas.
Soy el Equinoccio, justo, equilibrado, magnánimo ponderado, imparcial. El día se divide en dos mitades exactas. El Sol sale a las siete de la mañana y a las siete de la tarde ya es de noche. Soy el Equinoccio de otoño, el rey de las hojas amarillas, el príncipe del viento tibio, el señor de la brisa templada, el amigo de las nubes y de las nueces, el iluminador delicado del cielo.
   *Yo sé cuál es el pájaro que llena el nido de limones,  yo sé donde dejó la luna llena su saco nocturno de harina. Sé lo que el humo le contó a las nubes. Sólo yo sé cuantas abejas tiene el día. Sólo yo sé si este es el mismo Sol de ayer o es otro el fuego de su fuego. 
Yo no tengo historia, soy de siempre, perenne, no tengo cumpleaños. Vengo a la Tierra una vez al año. Soy el Equinoccio de otoño, soy el encargado de dar una medalla a la primera  hoja de oro, me ocupo de medir las mañanas para que sean tan extensas como las tardes, y de que los amaneceres midan exactamente un atardecer. 
Yo mido para que no haya reclamos; yo mido, peso, valoro, cuantifico los medios días. Clavo la antorcha más oscura en mitad de la noche, abrazo uno a uno a los gallos que anuncian el amanecer con su canto. Yo me ocupo de la flor que vuela de pájaro en pájaro y le doy luz y sombra en cantidades exactas.  
Soy el equinoccio de otoño, seguro, magnánimo, confiable, justo, insobornable, equilibrado en luz y sombra; y regalo una vez al año un día perfecto, inolvidable, sensato…un amarillo día de frágil otoño, una  amarillo día lleno de hojas voladoras. Después de mí, la oscuridad le ganará a la luz, después de mí, desorden, injusticias de luces y de sombras. Sólo yo aseguro igualdad igualdad igualdad…  

* Referencia al “Libro de las Preguntas” de  Neruda

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