La educación artística.

Es necesario revisar la manera en la que se imparte, sus contenidos, sus conexiones con el mundo tecnológicamente activo y eminentemente visual que nos rodea y otorgarle la creciente importancia que está adquiriendo. Un mundo visual requiere de un entrenamiento para poder leer sus imágenes. Las múltiples imágenes que vemos a diario y que ejercen un tremendo poder sobre nuestras mentes y en consecuencia sobre nuestros comportamientos. El arte es comunicativo, pero para que exista comunicación es necesario conocer los códigos, y estos códigos, este lenguaje, tiene que ser enseñado en la escuela.
La educación artística es la asignatura desde la que se puede ayudar a los alumnos a valorar y desarrollar lo que les hace distintos, únicos tanto a ellos mismos como a sus obras, contribuye a la construcción de la propia identidad. Esta asignatura no busca una sola respuesta, ya que en la diversidad de respuestas está el fin; valorar la visión personal. Y esa visión personal surgirá de la búsqueda, del análisis, de las conexiones que establecemos en nuestro interior, de los pequeños descubrimientos, de la toma de decisiones, de nuestra capacidad de riesgo, de la variedad y de la flexibilidad. Para todo esto tenemos que entrenarnos. Lo que nos conducirá hacia un pensamiento crítico, activo.

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jueves, 21 de abril de 2016

El nahuel y el hombre perdido leyenda mapuche.

Basado en una versión de Cristina Ramos en “Del amor nacen los ríos”, Editorial Sudamericana, con ilustraciones de Natalia Combo. Narrado por Ana Padovani. Producido por Banda Aparte para Canal Encuentro, Ministerio de Educación, Presidencia de la Nación Argentina.
LEEMOS LA LEYENDA
-He conocido un hombre que ha venido desde el sur y que me ha contado que el abuelo de su abuelo fue amigo de un tigre.

-¿Amigo de un tigre? ¿Cómo hizo abuela?

- El amigo de su abuelo era un guerrero mapuche. Una vez al final de una batalla contra los soldados blancos quedó del lado del enemigo. Varios días estuvo escondido entre los pastos sin hacer un solo ruido. Una tarde miró para todas partes y no vio ni soldados mapuches ni guerreros blancos: se había salvado, pero estaba muy lejos de su gente. Caminó todo el día por el desierto y a la noche seguía en tierra extraña. De repente vio dos luces pequeñas. Pensó: “debe ser gente que ha prendido fuego” y se alegró. Pero enseguida se dio cuenta de que eran los ojos amarillos de un tigre y los ojos se acercaban. Entonces sintió miedo y tanta soledad que se largó a llorar. Pero el tigre se detuvo y el hombre recordó las historias que le había contado su abuela de cuando la gente y los animales eran amigos.

-Peñí Nahuel - le dijo (que es “hermano tigre” en mapuche) - no me hagas daño.

El tigre lo miró fijo y después hizo un gesto que significaba “seguime” y el hombre lo siguió.

Caminaron toda la noche y cuando clareó siguieron caminando. Por la noche el tigre le buscó refugio en el hueco de un Pehuen mientras él montaba guardia entre las ramas. El tigre cazó para el hombre y comieron compartiendo la comida. Corrieron carreras y se revolcaron en la arena de la orilla de los ríos. El tigre hasta se dejaba acariciar. Una tarde se acercaron a la cordillera. El hombre sintió que el viento traía el humo de las fogatas de su gente. Esa noche durmieron como lo habían hecho durante todo el camino pero a la mañana el tigre ya no estaba. Y aunque el hombre lo buscó no pudo encontrarlo. “¡Gracias Peñí Nahuel!” Le gritó al viento que llevó sus palabras hasta los oídos del tigre. Después el hombre caminó y fue a encontrarse con su familia.

-Como vamos a hacer nosotros cuando pare la lluvia, ¿no, abuela?.

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